Segundamano y trueque

Hace años, cuando conocí Berlín por primera vez, me llamó la atención encontrar en las calles, depositados en las amplias aceras, electrodomésticos. Fue la amiga que me acogió en la visita quien me explicó que los alemanes reciclan. Que intercambian o aprovechan objetos usados, y que las bicicletas o las lavadoras de segunda mano son objetos apreciados y que forman parte de la vida normal de los alemanes.

Su bicicleta, de hecho, esa bicicleta que horas antes de mi vuelo de regreso se empeñó en llevarme por última vez a callejear por la ciudad y que casi me hace perder el avión si no es por la contrarreloj urbana que me marqué en el último momento, era de segunda mano. Apenas le costo unos 20 euros.

En España estábamos con el euro, multiplicando el precio del café por seis de la noche a la mañana, aumentando exponencialmente la base de nuevos ricos, comprando coches de alta gama como su fueran utilitarios y camino de pedir la tercera hipoteca (comprados ya el piso y la casa vacacional, quedaba acometer la “inversión financiera” pura). Eso de alquilar (tan usual en Alemania) era de pobres. A lo sumo, tráfico de influencias en la adjudicación de VPO, y alquilar el piso dormitorio a 900 euros para ir pagando la tercera hipoteca. La banca invitaba al festín, hasta que le dejaron de prestar para prestar.

Siempre he pensado que el uso racional de las cosas es síntoma de desarrollo. Desarrollo que he observado tanto entre poblaciones relativamente pobres -esas que no han llegado a afanarse con las cosas- como entre poblaciones relativamente ricas -esas que ya no se afanan con las cosas.

El trueque -no entendido como un sistema económico propiamente dicho, sino como una forma sencilla de ajustar necesidades sencillas en entornos domésticos- siempre me ha parecido un síntoma de desarrollo, tanto económico como personal, por la funcionalidad que otorga a las cosas.

Tanto trueque como mercados de cosas usadas se ubican en este desarrollo. ¡Cuánta desazón produce la necesidad de comprar, usar y tirar, para volver a comprar en un ciclo sin fin! ¡Y qué sorprendente ese reusar la ropa de hermanos a hermanos, heredar los libros, utilizar con cuidado el coche 10 ó 15 años y tantas costumbres que, parece, ahora empiezan a recuperarse por una capa social un poco desnortada en los últimos años!

Parece que surgen y se rescatan algunas iniciativas en esta línea, moderando la necesidad emocional del español de comprar.

Un ejemplo, que usa el lema: “no gastes, cambia“, lo pone en marcha una ONG que promueve el trueque urbano. Se habla de educación para el consumo, de comunidad, de generar riqueza (fuera del sistema económico), del dinero, del poder, del capitalismo, de la economía, del bien del grupo… y de personas.

Con el uso de ciertos términos no estamos muy de acuerdo, pero no importa. Indica algo su presencia. Son pequeños pasos hacia un sentido. Ello afectará a las empresas, por supuesto.

Y nos alegra.

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