El sistema educativo español o el ‘modelo Bob Esponja’

Visto en El Mundo. CLICK.

Extraemos una frase relevante:

Adecuar el sistema educativo a las necesidades de los tiempos, debe ser un objetivo prioritario”.

¿Acaso no son los tiempos y sus necesidades producto del sistema educativo? ¿Es la educación el instrumento de los tiempos? ¿Hablamos de educación o de formación?

Adjuntamos el texto completo:

“Durante siglos hemos sido un país de ingeniosos, que confiábamos más en las buenas ocurrencias que en el trabajo concienzudo. Por eso no acabamos de creernos que nuestro futuro va a depender de la educación”. Lo que subraya José Antonio Marina, filósofo y autor de La educación del talento (ed. Ariel) es parte de una situación compleja y contradictoria, ya que ese extendido consenso acerca de la importancia de la educación para nuestro futuro como país no parece trasladarse a hechos: la educación importa a todo el mundo, pero casi nadie se la toma en serio.

Como señala Nieves Segovia, presidenta de la Institución Educativa SEK, algo serio está pasando “cuando aceptamos niveles de fracaso escolar que no se toleran en otros sectores”.  Ante estas circunstancias, la sociedad civil apenas se manifiesta, como si fuese algo de lo que no le compete debatir. “Y no es así en absoluto: estamos ante un modelo caduco que tenemos que tratar de resolver desde un plano distinto y la sociedad civil ha de tener un papel prioritario a la hora de instigar estos cambios”.


Adecuar el sistema educativo a las necesidades de los tiempos, debe ser un objetivo prioritario, según Segovia. Y más aún en España, asegura Carlos Barrabés, presidente de Barrabés Internet, ya que nuestro modelo no es ya el de Peter Pan, el de los niños que se negaban a crecer, “sino el de Bob Esponja: un tipo que hace hamburguesas, que trabaja como un loco y que tiene un jefe que es idiota”.


Barrabés realizó estas declaraciones en el marco del Global Education Forum, un encuentro organizado por Fundación SEK, Institución educativa SEK y la Universidad Camilo José Cela, que se celebró los días 15 y 16 de octubre, y cuyo objetivo era indagar en las tendencias del futuro educativo. Algo esencial, asegura Segovia, toda vez que “hasta ahora no hemos hecho más que dar vueltas concéntricas, señalando las mismas soluciones a los mismos problemas. Nuestra tarea debe ser la de romper ese círculo, examinando los avances que se están produciendo en medicina, psicología y sociología para ver qué nuevas soluciones podemos encontrar”.

Para Marina, fundador de la Universidad de Padres,  si queremos pensar la educación del futuro deberemos tener en cuenta dos pautas. La primera es la escuela, que ha de hacerse más flexible y abierta a la sociedad, logrando que más gente se implique en ella, y que debe fijar muy claramente sus metas, diciéndonos qué tipo de ciudadano quiere formar. La segunda es la pedagogía, ámbito en el que se están produciendo desarrollos importantes. Así,  “tendremos que aprovechar los descubrimientos de la neurociencia, ya que el conocimiento del cerebro nos brindará mejores instrumentos para la educación. Hemos de desarrollar también las posibilidades que nos ofrece nuestro mejor entendimiento del mundo emocional, así como la capacidad de innovación que nos proporcionan las nuevas tecnologías”.

Jóvenes más interactivos

En este sentido, señala Segovia, es básico que comprendamos que nuestro sistema pedagógico no puede ser el industrial, “ese sistema tipo fábrica, con inspección al final del proceso”, ya que las personas que estamos preparando no están destinadas al viejo modelo productivo. “Hemos de tener en cuenta las características de nuestros alumnos, hablar su mismo lenguaje y utilizar sus mismos canales. En este terreno la tecnología es importante, porque nos permite llegar a ellos utilizando su canal y su código”. Para Segovia, si nos dirigimos a ellos a través de canales que no entienden, sólo conseguiremos desmotivarles. “Tenemos que adaptarnos a las nuevas identidades de los jóvenes, que son más interactivos, más globales y que están cerebralmente mucho más preparados para el aprendizaje. Los padres nos criamos en la era de la televisión, nuestros hijos en la de la interacción, por lo que hemos de utilizar herramientas distintas”.

Para Marina, una de las claves del futuro educativo reside en saber aprovechar la ciencia de la inteligencia compartida, esa que surge de la interacción entre las personas. Una de las  iniciativas más interesantes en este terreno es la de las asset building communities, “ciudades que  han diseñado proyectos educativos muy bien organizados y que están resolviendo problemas que nos parecen endémicos, como el botellón, las peleas o la drogadicción, a través de la sinergia con todos los agentes sociales que poseen influencia educativa, como las organizaciones comunitarias, las escolares, las iglesias, los sindicatos y los medios de comunicación”. Para Marina, esta escuela en contexto, que será la del futuro, resulta imprescindible para “recuperar la vinculación social por medio de la cooperación, la responsabilidad, el respeto por la autoridad, la moral, la participación en proyectos colectivos, los valores del civismo, el respeto a los mayores y el esfuerzo para alcanzar metas valiosas”.

Cita como ejemplo The Harlem Project, uno de los experimentos sociales más relevantes de Norteamérica. Es un proyecto educativo-preventivo que atiende a 8.600 niños que viven en un área de sesenta manzanas del barrio de Harlem (Nueva York). Más de la mitad de estos niños viven por debajo del umbral de la pobreza y tres cuartas partes están por debajo de la media de su edad en cuanto a rendimiento académico. “En esta ciudad preventiva, denominada Harlem Children´s Zone, se llevan a cabo veinte programas a cargo de 650 profesionales, que siguen a los niños desde que nacen hasta que cumplen 18 años, y se ocupan de su educación, de los servicios sociales y de la atención sanitaria. Todas las actividades son completamente gratuitas, se financian mediante patrocinadores privados y apoyo estatal”.

Otras experiencias relevantes, afirma Marina tuvieron lugar en  Bogotá, Medellín, y Buenos Aires, “probablemente el ejemplo más completo que se ha hecho de ciudades preventivas”. En España se han realizado algunos ensayos de prevención ciudadana, en Carmona (Sevilla), Arona (Tenerife), Almonte (Huelva), San Adrián del Besós (Barcelona), Ribeira (La Coruña).

Los modelos japonés, americano y finlandés

En el ámbito educativo-curricular también hemos de fijarnos en los planteamientos a nivel macro que se llevaron a cabo en Estados Unidos, para recuperar el liderazgo tecnológico, en Finlandia, para convertir una nación pobre en una potencia tecnológica y en Japón, para alcanzar una creación continua de conocimientos. El modelo americano “se propuso fomentar la creatividad científica desde primaria hasta la universidad, investigando en los métodos precisos para educar la creatividad.  Y dio buen resultado, en especial en las universidades. Se impuso una educación basada en el estudio de casos, es decir, muy cercana la práctica. No se va desde la teoría a la práctica –como se hace en España con malos resultados- sino que desde el enfrentamiento con problemas reales se va hacia la teoría que debe resolverlos”.

El modelo finlandés pudo realizarse “gracias al acuerdo de todos los agentes sociales acerca del modelo de globalización que querían para su país, uno de cuyos elementos fundamentales fue la educación. Dieron máxima prioridad a la formación de profesores, y al prestigio de la profesión, y se propusieron detectar cualquier fracaso educativo en sus inicios e intentar remediarlo inmediatamente”. Japón, por el contrario, puso todo el énfasis en la adquisición de conocimientos, “insistiendo en el trabajo duro del alumno, bajo la presión de los padres. Tiene muchas horas de clase, y han tenido algunos problemas por la excesiva exigencia. La industria tiene muy claro que crear conocimiento es necesario para sobrevivir y cuida mucho el estímulo para los equipos de investigación”.

Pero más allá del camino que escojamos, asegura Segovia, lo que sabemos del futuro es que deberemos desarrollar nuevas habilidades para adaptarnos a un entorno de gran incertidumbre, ya que “cambiaremos de empleo de 12 a 14 veces a lo largo de nuestra vida profesional. Además, 3 de 4 alumnos  de educación infantil trabajarán en ocupaciones que todavía no existen”.  En consecuencia, las instituciones educativas han de fijarse como tarea esencial la de “ayudar a sus estudiantes a gestionar los cambios, potenciando habilidades superiores como la creatividad, la empatía, la capacidad de innovar y de pensar críticamente. La memorización ya no será tan necesaria, puesto que habremos de huir de las tareas rutinarias hacia un conocimiento más holístico. Todo lo que tenga que ver con la creatividad va a estar en el centro”.

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