Falacia animista y error fundamental de atribución

Las fases del euro

14/12/2010

En “Los Señores de las Finanzas” (Deusto, 2010) -un interesante relato de los conflictos monetarios y financieros en la Europa de Entreguerras-, Liaquat Ahamed reproduce la célebre frase de Keynes en la versión francesa de su “Tract on Monetary Reform”:

Cada vez que el franco pierde valor, el Ministro de Finanzas está convencido de que se debe a todo menos a causas económicas. Lo atribuye a la presencia de un extranjero en las inmediaciones de la Bolsa o a la misteriosa y maligna influencia de la especulación. Intelectualmente esto no se aleja mucho de que un hechicero africano atribuya una enfermedad del ganado al “mal de ojo” de alguien que pasa por ahí, o el mal tiempo al apetito insatisfecho de un ídolo”.

Crisis y falacias

Esa “falacia animista” descrita por Keynes en los años 20 ha reaparecido, lógicamente, durante la actual crisis financiera, en especial en quienes  –con frecuencia, de izquierdas- personifican el concepto abstracto de “mercados” y lo contraponen al principio de legitimidad democrática. Así, como ilustración, Santiago Carrillo escribía en “El País” del jueves pasado:

Estamos asistiendo a un espectáculo increíble, a una verdadera pesadilla: unos cuantos Gobiernos europeos elegidos democráticamente por sus pueblos que están mostrando una total impotencia, como acorralados por ese monstruo de cabeza y cuerpo opacos que denominamos enfáticamente los mercados y que en realidad no es otra cosa que el sistema financiero globalizado, precisamente el mismo que desencadenó la actual crisis mundial…En plena crisis hay grupos que siguen especulando y haciendo beneficios a costa de la estabilidad de los Estados y del empobrecimiento de los pueblos”.

Pero junto a esa tradicional “falacia animista” que atribuye a ese “monstruo” o “sistema” una voluntad unitaria y maléfica de atacar a los regímenes democráticos, la crisis está suscitando otra falacia de signo contrario: atribuir el  comportamiento de autoridades o personas de carne y hueso – presidentes de Gobierno, Ministros, autoridades financieras…- a sus limitaciones y defectos personales, no a las complejas circunstancias a las que se enfrentan. Es un error que los psicólogos denominan “error fundamental de atribución” (fundamental attribution error) o correspondence bias.

A mi juicio, incurren en ese error quienes acusan a la Canciller Merkel y a las autoridades alemanas de “actitudes anti-europeas”.

Europeísmo y E-bonds

El más reciente de esos episodios ha sido la reacción del primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker,  tras la negativa alemana a aceptar la propuesta que, junto el Ministro italiano Giulio Tremonti, formuló en el Financial Times del 6 de diciembre: que el conjunto de los países miembros del euro creen una Agencia Europea de Deuda que empiecen a emitir un Eurobono común (E-bond), para cubrir hasta la mitad de las necesidades de financiación de cada Estados miembro e incluso sustituir, mediante un canje con descuento, una parte sustancial de sus emisiones vivas. Ello permitiría a los Estados en apuros mejorar las condiciones de su financiación, tranquilizaría los mercados de bonos y constituiría un paso decisivo hacia la integración fiscal y política de la zona euro.

Tras el rechazo público de esa idea por la Canciller alemana, las palabras de Juncker no fueron desmesuradas  –“Alemania piensa de una forma un poco simplista” y “el Gobierno Federal tiene una forma poco europea (uneuropäische) de resolver los asuntos europeos”-, pero, al proceder  de una persona tan ponderada y próxima a Alemania, se interpretaron como una crítica virulenta y destemplada.

Por desgracia, la Canciller Merkel se enfrenta a una compleja situación, que le deja poco margen de maniobra y, en ausencia de una crisis perentoria, le obligaba a oponerse a la propuesta.

En efecto, la aceptación por Alemania en 1998 de una unión monetaria amplia fue una controvertida decisión del Canciller Kohl que suscitó el rechazo de muchos economistas (incluidos varios del Bundesbank) y un  recurso de inconstitucionalidad, que el Tribunal  resolvió favorablemente a la vista de varios preceptos del Tratado, entre ellos el artículo 103 (hoy 125), que consagró la (mal llamada) “regla del no bail out”.

Esa regla, propuesta por el Reino Unido, pretendía aclarar a los mercados financieros que no esperaran que un país en crisis fuera socorrido por la Unión Europea o por los restantes países miembros. No obstante, su texto final sólo prohíbe que la Unión Europea u otros Estados garanticen la Deuda de un país miembro, pero no que, llegada una crisis, le socorran voluntariamente. No es, pues, en puridad una regla de “no bail-out”, sino de “no-corresponsabilidad por deudas”. Pero muchos alemanes creyeron de buena fe que significaba lo primero.

La crisis de la Deuda griega de la pasada primavera y, más tarde, de Irlanda llevó a una situación límite que obligó a Alemania a apoyar sendos rescates y la creación del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, lo que ha suscitado un nuevo recurso de inconstitucionalidad.

Por eso, en el Consejo Europeo de octubre la Sra. Merkel aceptó dar carácter permanente al Mecanismo Europeo sólo si se incorpora una referencia a él en el Tratado y, además, se prevé la posibilidad de que, cuando se use, los acreedores privados del Estado en crisis puedan verse obligados a aceptar una restructuración de sus créditos. Esa potencial “participación del sector privado” no sólo protegería a los contribuyentes alemanes, sino que haría más creíble que en el futuro los deudores soberanos imprudentes puedan sufrir crisis.

El ciclo de Schonpehauer

Partiendo de esas limitaciones, era imposible que la Sra. Merkel, por europeísta que fuera, pudiera apoyar la propuesta de los E-bonds. Paradójicamente, no obstante, el Canciller Kohl y otros políticos alemanes siempre afirmaron que una Unión monetaria no podrá subsistir a largo plazo sin una Unión política que la respalde. La crisis financiera les ha dado la razón. Por eso, a lo largo de 2010 el Consejo Europeo y el Banco Central Europeo han adoptado decisiones que hubieran sido impensables antes.

Se atribuye al filósofo alemán Schopenhauer  un célebre dicho: “Toda verdad pasa por tres fases. Primero es ridiculizada y caricaturizada. Depués, combatida. Y, finalmente, aceptada como evidente”.

La cuestión crucial, en vísperas del Consejo Europeo de diciembre, será si ese ciclo político tendrá la velocidad necesaria para que el euro pueda afrontar con éxito sus graves desafíos.

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