FENARETA

“Hay dos maneras de difundir la luz… ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja" (Lin Yutang)
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Realidad sonora – Una antropología esperanzada para la empresa

No nos gusta esto de auto citarnos, habiendo tantas voces más autorizadas que nosotros.

Pero amablemente José Ochoa nos visitó ayer y mantuvimos una interesante conversación. Pidió permiso para grabar la reunión con una especie de bolígrafo-grabadora como la de James Bond, y hoy nos ha mandado el material editado, que ha colgado en 101claves.com

Aquí os lo adjuntamos, para el que tenga un rato para escuchar. Será hoy el contenido de Filosof-ando: reflexiones sobre Fenareta y su misión, la economía y la empresa, en tiempo real. Los ruidos de fondo, las llamadas de teléfono, los golpes de alguien reparando algo, son también reales.

Así suena una de las voces de Fenareta: CLICK.

Por cierto, tratándose de un filólogo, aprendimos que “Fenareta” (el nombre es Fenarete propiamente, pero tuvimos que hacerlo algo más “comercial”) significa “la de virtud evidente”.

Inmensa gratitud hacia José. Un nuevo amigo de Fenareta.

Empresa (religiosa) sin visión.

Entrevistábame yo con el director del departamento de ética empresarial de una escuela de negocios mexicana bastante prestigiosa. Una universidad vinculada a un grupo religioso.

Y percibía, junto con la conversación de superficie, que versaba sobre la universidad, su funcionamiento, mi persona, etc. otra conversación más profunda. En ella se me estaba indicando, suavemente, que la ética era, en esa escuela, un departamento menor, un complemento a los otros departamentos “de peso”. ¿Y en cuál no? ¿Existe acaso una carrera llamada ética o moral? Es tan sólo una asignatura dentro de esa absurda carrera llamada Filosofía, y un simulacro de asignatura que los ingenieros, médicos, empresarios y juristas deben estudiar para sacarse el título que realmente les importa, el “de peso”.

Es llamativo cómo las universidades religiosas, aquellas que nominalmente han mantenido un posicionamiento trascendente de su actividad, no han tenido el valor de mantener dicho posicionamiento hasta el final. Se han vendido al mejor postor, que es el que puede pagar las colegiaturas a cambio de beneficiarse, nominalmente, del prestigio de una institución que, no lo olvidemos, en algún momento de la historia llegó a educar a profesionales morales, a personas. Han perdido la esperanza que les llevaba a perseverar en su ser amándolo, amando lo que son y manteniendo su vocación a serlo.

Han tenido que camuflar su misión trascendente bajo categorías descafeinadas para hacerles digerir a sus alumnos lo que la propia universidad, en un impulso suicida, ha dejado de considerar como “creencia” y ha pasado a ubicar como “ideología”.  Se trataba de adaptarse a los tiempos y, en vez de hacer un sobre esfuerzo para repensar lo propio y tratar de recrearlo y vivificarlo, se ha caído en la comodidad de aceptar acríticamente las conclusiones de la ideología y vivir con ellas, pidiendo perdón –a uno y a la institución- por la deslealtad, pero extendiendo la mano a cambio de unas monedas. Nihil novum…

Las ideas se tienen; en las creencias se vive. Pasar de vivir a tener no es sino idealizar primeramente para morir después, renunciando a la relación, con el consecuente empobrecimiento que ello supone, al perderse la realidad circundante para acabar uno encerrado en sí mismo.

Todo es opinable y la ética acaba dejando de ser la savia que lo vivifica todo –el sentido- para constituirse en maquillaje de los “actos del hombre”: RSC, RSE o cualquier acrónimo que le otorgue aspecto científico sirve de lenitivo a la conciencia que, terca, nunca muere.

¿Formar especialistas en finanzas y aliñarlos con algo de ética o formar personas para la labor financiera en la comunidad?

Depende de lo que el mundo necesite: ¿qué se debe hacer?

El mundo está harto de financieros y muy necesitado de personas, saturado de técnicas y vacío de sentido. Si las instituciones que partían de la noción milenaria de persona han decidido olvidarse de sus orígenes, otras tendrán que ocupar su sitio. Es cuestión de tiempo. Son creencias demasiado poderosas como para que se las irrogue una institución, especialmente si no tiene la diligencia debida como para custodiarla y vivificarla.

Y no olvidemos que en el fondo, estas instituciones son también empresas, con su visión y misión. Cuando la visión se empieza a volver borrosa o se pierde o no se sabe revisar, otros vendrán con la capacidad de ver mejor y seguir la luz que antaño servía de guía. El ecosistema, en el fondo, es selectivamente sabio. La deslealtad y la cobardía se acaban pagando. Fatalmente.