FENARETA

“Hay dos maneras de difundir la luz… ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja" (Lin Yutang)
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El mundo, las cosas

Uno de los puntos más candentes en el debate público reside en la consideración del Planeta como un objeto a dominar o como un sujeto de derechos. Hay más posturas, por supuesto.

Asuntos como las energías renovables, el crecimiento de la población, los recursos planetarios, el cambio climático, la contaminación ambiental… están en la agenda de cada vez más personas y grupos estructurados.

La empresa, agente intenso en la transformación y creación del mundo (¿para bien o para mal?), es protagonista en este debate. Y del resultado final depende su misma existencia. Por ello cátedras como la Focus – Abengoa acometen la reflexión sobre estos temas desde hace años.

Hablamos de modo muy general, puesto que las antropologías (teorías políticas, metafísicas, etc.) que sostiene cada posición en el debate, si bien no muy explicitadas en la mente de los contendientes, si lo son en su acción, que llega a tomar cariz de contienda.

Hoy aportamos, desde Arte de Vida, un poco de poesía a este debate tan enconado, y quizá sirva nuestra aportación, al menos, para provocar una actitud algo menos belicosa.

Queremos ayudar a pensar el mundo, y no de modo maniqueo, hoy desde la poesía: como oímos hace tiempo, a veces hay que recurrir a la literatura cuando las demás palabras ya no sirven para entender la realidad.

Primeramente acudimos a Juana de Ibarbourou, poetisa uruguaya que nos lega este poema sobre el agua, mirada llena de respeto y reverencia (como dice Santiago Arellano, quien ayuda a los padres a educar con la literatura), tanto a la obra del esfuerzo humano -la canalización- como a aquello que no depende de nosotros y que se nos da en gratuidad. Ocasión mixta para mirar con gozo la cotidianeidad, en cuyas esquinas, con sólo mirar atentamente, se puede descubrir la hermosura:

EL AGUA CORRIENTE

Esta agua que viene
por los nervios pardos de las cañerías
A dar a mi casa su blanca frescura
y el don de limpieza de todos los días

Esta agua bullente
que el grifo derrama,
está henchida del hondo misterio
del cauce del río, del viento y la grama.

Yo la miro con ávido anhelo…
Es mi hermana la honda viajera
que a la inmensa ciudad ha venido
de no sé que lejana pradera.

Y parada ante el grifo que abierto
me salpica de cuentas la enagua,
siento en mí la mirada fraterna
de los mil ojos claros del agua.

De esta primera mirada concreta podemos pasar a una segunda más general y abarcante, una mirada cotidiana simplemente a todas las cosas, esas que nos afanan cada día, probablemente porque no las hemos sabido entender del todo. Y el atisbo de una nueva forma de relacionarnos con ellas (¿dónde se ubica la economía ahora?):

LAS COSAS

No les pido a las cosas que sean más que cosas
No le pido a la rama que sea más que rama
No espero que la llama arda más que la llama
No sueño que las rosas parezcan más que rosas.

No les pido a las frutas que sean milagrosas.
No exijo al sol el oro de su fama.
No ansío que florezcan diamantes las retamas.
Siendo más no serían más hermosas.

Sea fiel a sí misma la manzana
Y sea el viento, viento consecuente.
No le preocupe al campo ser barbecho.

Sea la nieve solitaria y cana.
Bástele al agua con ser transparente.
Dios con ser Dios, lo halló todo bien hecho.

José Luis Martín Descalzo

Y para concluir esta especie de metafísica de los entes en las cosas cotidianas, Azorín, en sus Confesiones de un pequeño filósofo, libro que se debe leer en algún momento de la vida, o en varios.

MI FILOSOFÍA DE LAS COSAS

¿Qué son las cosas? En los bazares, en las ferias de los pueblos, en los pequeños comercios oscuros de estos percoceros que hacen silenciosamente delicadas bujerías de plata, yo he sentido siempre una inquietud extraña. Todas estas cosas que están inmóviles en las vitrinas van a partir hacia la vida. ¿Cuál será el rumbo por el mundo? Todas estas cosas inertes bajo los cristales van a acompañarnos en nuestras alegrías y en nuestros dolores. Su misión es muy alta: ellas son las obradoras de nuestros destinos inciertos. Un mueble, un objeto anodino, una baratilla que vemos todos los días y a todas horas, encierra tanta vida como nosotros mismos. Yo creo que el alma del Universo, esta alma profunda y poderosa, tiene sus irradiaciones en las cosas. Tenedlo bien presente: no hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable.

Todas las cosas tienen un reflejo del alma universal: amaréis los viejos muebles que reposan en las estancias suculares, las cornucopias, los bernegales con orlas de oro, los relojes de caja con la esfera de metal grabado; pero yo aseguro que lo que causa en mí una impresión honda, una impresión angustiosa, son todas estas cosas anodinas, estas cosas baratas, estas cosas feas, los jarrones, las polveras, los portarretratos, los barómetros, los despertadores, que viven en las casas de los pueblos, sobre las cómodas, en las rinconeras, una vida de vulgaridad y de hastío.

Ahí lo dejamos, con estas tres voces, ahora ya silenciosas, y la sencilla sabiduría que su emocionado trabajo aún transmite.