FENARETA

“Hay dos maneras de difundir la luz… ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja" (Lin Yutang)
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Habituado a lo Vasto

“Contribuyen a hacer de la vida diaria un ejercicio de reflexión e integración personal”.

Así quisimos delimitar el fin de Arte de Vida. Hoy os compartimos un descubrimiento de Arte de Vida: la maravillosa persona de Samuel Taylor Coleridge, de quien ya citamos un poema el otro día. CLICK.

Para nosotros, hasta ahora, un desconocido, que hemos tenido la oportunidad de descubrir en un seminario de Teoría Política. Durante dos viernes impartimos sesiones sobre él y eso nos permitió leerlo. Gracias a la infinita amabilidad del Profesor Dalmacio Negro, quien ya lo trabajaba hace 30 años y cuyos trabajos sobre el autor ofrecen unas reflexiones de calado. Y gracias también a la amable acogida del CEU, cuyo Instituto de Humanidades Ángel Ayala es una joya en cuanto a reflexión y trabajo comunitario de maestros: Negro, Alsina, Arellano

Para unos pocos, personas cultas, un poeta romántico inglés, autor de obras como Lyrical Ballads, Kubla Khan o la Rima del anciano marinero. Tecnos ha editado una antología recientemente y la obra On Coleridge de Stuar Mill, ambas muy cuidadas.

Para unos elegidos de entre los anteriores, Coleridge es, además, un filósofo y teólogo, formulador de una de las teorías políticas más fértiles que pensarse pueda, antecesor de personas como el ahora actual John Henry Newman.

Nosotros, aparte de eso, y en particular, nos hemos fijado estas semanas en su vida, en su biografía, en sus afanes y en sus sufrimientos, en su experiencia vital, que suele pasar desapercibida pero que es lo que sustenta, en realidad, cualquier teoría o sistema. La pregunta: “¿Qué le pasaba a…? es clave para entender a cualquier autor.

¿Qué le pasaba a Coleridge?

Le pasaba su orfandad, su refugiarse bulímicamente en los libros, devolviendo los que le prestaban llenos de anotaciones en los márgenes; su capacidad para imaginar (que luego plasmó en su poesía, pero también en su preciosa teoría del conocimiento, con la fantasía como modo de memoria emancipado del tiempo y la percepción como perpetuo acto de creación); el ritmo de su vida (que luego materializó en la conjunción de Permanencia y Progreso); su bajar de las montañas a saltos, convencido de que no le pasaría nada; en su adición al opio, en su brillantez y en sus momentos cercanos al suicidio. Le pasaba… ser alguien apasionadamente humano.

La Razón de que no creyera en la existencia de Fantasmas era que yo mismo había visto demasiados”, dijo una vez. Las mayúsculas no son equivocadas.

Coleridge era alguien que estaba “Habituated to the Vast”, con una sensibilidad extraordinaria para captar “Eso” que parece el hilo conductor de todo lo demás, y que él no cifraba ni en el entendimiento ni en la razón, sino en la comunión de ambos.

Alguien que planteaba una interesante teoría económica, solicitando la responsabilidad de tal actividad humana, y que anticipaba los booms y slumps de la economía por la expansión del crédito, sin apenas ser escuchado.

Fue un filósofo que creía en la unión de la naturaleza y lo humano, y en una Constitución no como vacío cuerpo legal, sino como Idea unificadora del espíritu de un pueblo, arraigada en la misma tierra que pisa, que pasa a ser considerada depósito, fiducia. Idea y Ley son lo mismo para Coleridge, una subjetiva, otra objetiva.

Alguien que, con su filosofía, alcanzaba ese ideal en el que la prosa se acerca a la poesía, en palabras de Collingwood.

Leedlo y queredlo: comprendedlo.

Es, sigue siendo, hoy, una buena señal para el camino.

Dijo también lo que podría ser subtítulo del blog: “Para la mayoría de los hombres, la experiencia es como las luces de popa de un barco, que iluminan solo el camino que queda a la espalda.

Ánimo.

El mundo, las cosas

Uno de los puntos más candentes en el debate público reside en la consideración del Planeta como un objeto a dominar o como un sujeto de derechos. Hay más posturas, por supuesto.

Asuntos como las energías renovables, el crecimiento de la población, los recursos planetarios, el cambio climático, la contaminación ambiental… están en la agenda de cada vez más personas y grupos estructurados.

La empresa, agente intenso en la transformación y creación del mundo (¿para bien o para mal?), es protagonista en este debate. Y del resultado final depende su misma existencia. Por ello cátedras como la Focus – Abengoa acometen la reflexión sobre estos temas desde hace años.

Hablamos de modo muy general, puesto que las antropologías (teorías políticas, metafísicas, etc.) que sostiene cada posición en el debate, si bien no muy explicitadas en la mente de los contendientes, si lo son en su acción, que llega a tomar cariz de contienda.

Hoy aportamos, desde Arte de Vida, un poco de poesía a este debate tan enconado, y quizá sirva nuestra aportación, al menos, para provocar una actitud algo menos belicosa.

Queremos ayudar a pensar el mundo, y no de modo maniqueo, hoy desde la poesía: como oímos hace tiempo, a veces hay que recurrir a la literatura cuando las demás palabras ya no sirven para entender la realidad.

Primeramente acudimos a Juana de Ibarbourou, poetisa uruguaya que nos lega este poema sobre el agua, mirada llena de respeto y reverencia (como dice Santiago Arellano, quien ayuda a los padres a educar con la literatura), tanto a la obra del esfuerzo humano -la canalización- como a aquello que no depende de nosotros y que se nos da en gratuidad. Ocasión mixta para mirar con gozo la cotidianeidad, en cuyas esquinas, con sólo mirar atentamente, se puede descubrir la hermosura:

EL AGUA CORRIENTE

Esta agua que viene
por los nervios pardos de las cañerías
A dar a mi casa su blanca frescura
y el don de limpieza de todos los días

Esta agua bullente
que el grifo derrama,
está henchida del hondo misterio
del cauce del río, del viento y la grama.

Yo la miro con ávido anhelo…
Es mi hermana la honda viajera
que a la inmensa ciudad ha venido
de no sé que lejana pradera.

Y parada ante el grifo que abierto
me salpica de cuentas la enagua,
siento en mí la mirada fraterna
de los mil ojos claros del agua.

De esta primera mirada concreta podemos pasar a una segunda más general y abarcante, una mirada cotidiana simplemente a todas las cosas, esas que nos afanan cada día, probablemente porque no las hemos sabido entender del todo. Y el atisbo de una nueva forma de relacionarnos con ellas (¿dónde se ubica la economía ahora?):

LAS COSAS

No les pido a las cosas que sean más que cosas
No le pido a la rama que sea más que rama
No espero que la llama arda más que la llama
No sueño que las rosas parezcan más que rosas.

No les pido a las frutas que sean milagrosas.
No exijo al sol el oro de su fama.
No ansío que florezcan diamantes las retamas.
Siendo más no serían más hermosas.

Sea fiel a sí misma la manzana
Y sea el viento, viento consecuente.
No le preocupe al campo ser barbecho.

Sea la nieve solitaria y cana.
Bástele al agua con ser transparente.
Dios con ser Dios, lo halló todo bien hecho.

José Luis Martín Descalzo

Y para concluir esta especie de metafísica de los entes en las cosas cotidianas, Azorín, en sus Confesiones de un pequeño filósofo, libro que se debe leer en algún momento de la vida, o en varios.

MI FILOSOFÍA DE LAS COSAS

¿Qué son las cosas? En los bazares, en las ferias de los pueblos, en los pequeños comercios oscuros de estos percoceros que hacen silenciosamente delicadas bujerías de plata, yo he sentido siempre una inquietud extraña. Todas estas cosas que están inmóviles en las vitrinas van a partir hacia la vida. ¿Cuál será el rumbo por el mundo? Todas estas cosas inertes bajo los cristales van a acompañarnos en nuestras alegrías y en nuestros dolores. Su misión es muy alta: ellas son las obradoras de nuestros destinos inciertos. Un mueble, un objeto anodino, una baratilla que vemos todos los días y a todas horas, encierra tanta vida como nosotros mismos. Yo creo que el alma del Universo, esta alma profunda y poderosa, tiene sus irradiaciones en las cosas. Tenedlo bien presente: no hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable.

Todas las cosas tienen un reflejo del alma universal: amaréis los viejos muebles que reposan en las estancias suculares, las cornucopias, los bernegales con orlas de oro, los relojes de caja con la esfera de metal grabado; pero yo aseguro que lo que causa en mí una impresión honda, una impresión angustiosa, son todas estas cosas anodinas, estas cosas baratas, estas cosas feas, los jarrones, las polveras, los portarretratos, los barómetros, los despertadores, que viven en las casas de los pueblos, sobre las cómodas, en las rinconeras, una vida de vulgaridad y de hastío.

Ahí lo dejamos, con estas tres voces, ahora ya silenciosas, y la sencilla sabiduría que su emocionado trabajo aún transmite.